Habilidades mal entendidas
Cuando una solución evoluciona, desaparecen los problemas que creó. ¿Realmente estamos perdiendo habilidades o solo idealizando el pasado?
Hace poco me encontré con un tweet que decía algo así:
“Hay toda una generación que no sabe leer relojes analógicos y vamos para otra que no va a saber estacionarse. ¿No se suponía que la tecnología era para ayudarnos a resolver problemas y no para hacernos tontos?”
La reacción es comprensible. Incluso intuitiva. Yo mismo, en otro momento, probablemente habría asentido sin pensarlo demasiado. Pero cuanto más lo releía, más me daba cuenta de que la pregunta quizá estaba mal planteada.
No porque no sea válida, sino porque mezcla dos cosas distintas: problemas y habilidades.
La pregunta que casi nunca hacemos
Antes de hablar de habilidades que se pierden, vale la pena detenernos en algo más básico:
¿Cuál es el problema original que esta tecnología intenta resolver?
En el caso del reloj, la respuesta es simple: saber la hora.
No leer manecillas. No interpretar ángulos. No hacer cálculos mentales. Saber la hora.
Leer un reloj analógico es una consecuencia de cómo se diseñó una solución concreta a ese problema, no el problema en sí. Antes de los relojes mecánicos existieron los relojes solares. Y hoy nadie lamenta que ya no sepamos “leer sombras” para medir el tiempo. No lo vemos como una habilidad perdida, sino como una solución superada.
Estacionar no era parte del trato
Con los autos pasa algo muy parecido. El vehículo resuelve un problema claro: movernos del punto A al punto B. Punto. Todo lo demás viene después.
Estacionar no era parte del problema original. Es un problema derivado, creado por la propia solución. Una vez que llegamos al destino, aparece la pregunta: ¿y ahora qué hacemos con el auto?
De ahí nacen nuevas soluciones: estacionamientos, sensores, cámaras, asistentes automáticos, e incluso la idea de que el vehículo se vaya solo y regrese cuando lo necesitemos. Cada una propone soluciones distinta, generada por la solución del problema original.
Decir que “ya nadie sabe estacionarse” es parecido a decir que antes éramos mejores porque teníamos que hacerlo manualmente. Pero ¿mejores para qué?
Cuando el problema desaparece
Este patrón se repite a lo largo de la historia. Antes de los autos, la gente se movía a caballo. El problema no era dónde estacionarlo, sino cómo alimentarlo e hidratarlo. Por eso había bebederos en las ciudades. Hoy ese problema no existe, y nadie se preocupa porque hayamos perdido la habilidad de manejar un caballo en el tráfico urbano o donde le voy a dar de beber a mi caballo.
Las habilidades asociadas a un problema desaparecen cuando el problema deja de existir. Y eso no es decadencia, es evolución.
¿Nos estamos volviendo “tontos”?
No necesariamente. Lo que ocurre es que confundimos habilidades esenciales con subproductos de una tecnología específica.
Algunas capacidades humanas sí merecen ser protegidas: el pensamiento crítico, el juicio, la comprensión del contexto, la toma de decisiones. Pero muchas de las habilidades que creemos estar perdiendo eran, en realidad, parches temporales a limitaciones técnicas del pasado.
Tal vez la pregunta correcta no sea si la tecnología nos está haciendo menos capaces, sino esta:
¿Qué problema estamos resolviendo hoy y qué habilidades siguen siendo realmente necesarias para resolverlo mejor?
Responder eso requiere menos nostalgia y más intención.
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