La RAM como recurso escaso
18 de diciembre de 2025

La RAM como recurso escaso

Por qué la crisis de la memoria es una oportunidad para escribir mejor software.

Por Asdrúbal Chirinos

Durante años asumimos que la memoria RAM era un recurso abundante, barato y prácticamente infinito. Cada nueva generación de hardware prometía más gigabytes, menores costos relativos y menos necesidad de preocuparse por el consumo real de los programas. Hoy ese supuesto empieza a romperse.

Estamos viviendo una crisis silenciosa en torno a la memoria RAM. Los precios han subido de forma sostenida, la disponibilidad no siempre acompaña la demanda y, por primera vez en mucho tiempo, vuelve a sentirse como un recurso limitado. No es un fenómeno aislado ni accidental. Está profundamente conectado con la explosión de la inteligencia artificial y su apetito insaciable por recursos.

La tormenta perfecta

Los modelos de IA modernos no solo consumen CPU o GPU. Consumen memoria de forma agresiva. Entrenamiento, inferencia, buffers, contextos largos, embeddings, cachés. Todo suma. En data centers, en servidores y ahora también en dispositivos personales.

La carrera por modelos más grandes, más complejos y más capaces ha puesto una presión enorme sobre la cadena de suministro de memoria. Los fabricantes priorizan grandes clientes, los costos se trasladan al consumidor y el resultado es claro: equipos más caros, configuraciones limitadas y decisiones de diseño cada vez más tensas.

En el mundo móvil ya se empieza a hablar de volver a dispositivos con menos RAM. En laptops y desktops, ampliar memoria vuelve a ser una decisión estratégica y costosa. Algo que no veíamos desde hace mucho tiempo.

El cuello de botella

Para muchos desarrolladores jóvenes, y no tan jóvenes, el hardware nunca fue un problema real. La memoria estaba ahí. Si algo iba lento, se agregaba más RAM. Si un proceso consumía demasiado, se asumía como normal. El software creció rodeado de márgenes amplios y cómodos.

Pero no siempre fue así.

Hubo una época en la que el hardware era el cuello de botella del software. Cada kilobyte importaba. Cada estructura de datos se pensaba dos veces. Cada copia innecesaria dolía. Programar era también un ejercicio de austeridad técnica.

La escasez obligaba a pensar. Y pensar mejor.

El ingenio tras la escasez

Cuando la memoria era limitada, los desarrolladores inventaban soluciones. Técnicas de compresión, estructuras compactas, reutilización agresiva de memoria, algoritmos diseñados no solo por claridad sino por eficiencia real.

No era romanticismo. Era supervivencia técnica.

Esa presión generó avances importantes. Lenguajes, patrones, algoritmos y formas de pensar el software que hoy damos por sentados nacieron de esa necesidad de optimizar. El software no podía darse el lujo de ser descuidado.

El riesgo de la abundancia

Con el paso del tiempo, la abundancia de recursos nos volvió menos cuidadosos. Frameworks cada vez más pesados, capas sobre capas de abstracción, dependencias que arrastran más dependencias. Muchas veces sin cuestionar el costo real.

No es una crítica moral. Es una consecuencia natural de un entorno donde el hardware dejó de imponer límites claros.

La crisis actual de la memoria RAM vuelve a poner esos límites sobre la mesa.

Una oportunidad disfrazada de problema

Esta crisis no es solo un inconveniente económico o logístico. Es una oportunidad.

Una oportunidad para que el desarrollo de software vuelva a mirar de frente el uso de recursos. Para preguntarse cuánto consume realmente una aplicación, qué necesita de verdad y qué es simple desperdicio.

Optimizar memoria y CPU no es volver al pasado. Es avanzar con criterio. Es diseñar software más eficiente, más sostenible y, muchas veces, más simple.

Pensar los recursos como escasos cambia la conversación. Obliga a priorizar. A entender mejor el problema que se está resolviendo. A escribir código con intención.


Optimizar no significa sacrificar calidad o experiencia. Significa tomar decisiones informadas. Elegir estructuras adecuadas. Medir. Entender dónde se va la memoria y por qué.

La crisis de la memoria RAM nos recuerda algo fundamental: el software no vive en el vacío. Vive sobre hardware finito, con costos reales y consecuencias reales.

Quizá sea el momento de recuperar una vieja virtud del desarrollo de software. El respeto por los recursos.

No como una nostalgia técnica, sino como una señal de madurez.

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