Las cuatro caras del dolor
Dime qué te duele y te diré qué clase de Owner eres.
En muchas empresas hay alguien identificado como el Owner de un producto. Aparece en el organigrama, en el tablero de Jira y en todas esas reuniones donde alguien necesita responder por lo que está pasando.
Tiene el cargo, las responsabilidades y, a veces, incluso la última palabra.
Pero ¿le importa realmente el producto?
No hablo de cumplir objetivos, entregar compromisos o mantener el backlog ordenado. Hablo de esa inquietud que aparece cuando descubres que un cliente tiene un problema que nadie ha resuelto, cuando encuentras un flujo que podría funcionar mejor o cuando identificas una oportunidad que el equipo todavía no ha considerado.
Hablo de esa persona que no necesita que alguien le asigne una tarea para darse cuenta de que algo puede mejorar.
A esa persona la llamo el Doliente.
Porque siente sus problemas y oportunidades como propios. Porque le importa lo suficiente como para no conformarse con que las cosas simplemente funcionen.
La obsesión bien entendida
Cuando hablamos de alguien obsesionado con su producto, es fácil imaginar a una persona revisando notificaciones a medianoche, respondiendo mensajes a cualquier hora o incapaz de desconectarse del trabajo.
Pero esa no es la obsesión de la que hablo.
La obsesión bien entendida no se mide en horas de trabajo ni en disponibilidad permanente. Se manifiesta en la curiosidad, la iniciativa y la inconformidad con lo que podría funcionar mejor.
Es preocuparse por el resultado, no solamente por completar las tareas. Es preguntarse por qué un cliente sigue teniendo dificultades aunque la funcionalidad haya sido entregada correctamente. Es entender que cumplir con los requisitos no siempre significa haber resuelto el problema.
Y esa actitud necesita algo más que buenas intenciones: necesita autoridad para convertirse en decisiones.
Dime qué te duele y te diré quién eres
O, mejor dicho, dime cuánto te importa un producto y qué capacidad tienes para decidir sobre él, y podremos entender qué relación tienes con su futuro.
Si cruzamos esas dos dimensiones, el sentido de pertenencia y la autoridad para decidir, aparecen cuatro perfiles que seguramente reconocerás en cualquier organización.
1. El verdadero Owner: al que le duele.
Tiene autoridad para decidir y siente el producto como propio. Le preocupan sus problemas, reconoce sus oportunidades y puede actuar sobre ellas. No necesita hacerlo todo ni tener siempre la razón, pero asume la responsabilidad por el resultado, no solamente por las tareas.
2. El burócrata: al que no le duele.
Tiene el cargo, la autoridad y la última palabra, pero su relación con el producto termina donde comienzan sus obligaciones formales. Gestiona, coordina, prioriza y reporta. Puede hacerlo todo correctamente, pero rara vez cuestiona lo establecido. El producto funciona, aunque nadie parece especialmente interesado en hacerlo mejor.
3. El impotente: le duele, pero no tiene autoridad.
Conoce el producto, entiende a sus usuarios y detecta continuamente oportunidades de mejora. El problema es que no tiene autoridad para actuar. Cada iniciativa necesita aprobación, cada cambio requiere convencer a alguien más. Su compromiso existe, pero la organización no le permite convertirlo en decisiones.
4. El pasajero: ni le duele ni es responsable.
Cumple con sus responsabilidades y sigue adelante. Y eso no tiene nada de malo. No todos necesitan sentir el producto como propio. Los equipos necesitan profesionales que hagan bien su trabajo sin cargar con la responsabilidad completa del resultado. El problema aparece cuando todos son pasajeros y nadie está realmente al volante.
El cargo no te convierte en Owner
Las organizaciones necesitan responsables, pero asignar un título no garantiza que exista un verdadero sentido de pertenencia. Tampoco sirve exigir mentalidad de owner a quien necesita pedir permiso para cada decisión importante.
El verdadero ownership aparece cuando coinciden dos cosas: que el producto te importe y que tengas la autoridad para hacer algo al respecto.
No necesitamos convertir a todos en personas obsesionadas con su trabajo, ni esperar que los responsables vivan pendientes de cada detalle. Necesitamos que quienes toman las decisiones tengan una conexión genuina con aquello sobre lo que deciden.
Porque administrar un producto y sentirse responsable de su futuro no son necesariamente lo mismo.
Y a tus productos, ¿a quién le duelen?