Los últimos mohicanos del código
Quizás seamos la última generación que tuvo que escribir código a mano. Pero hay algo que no estoy dispuesto a dejar atrás.
Fuimos la última generación que escribió código manualmente
No sé si estoy del todo acuerdo con ese tweet, pero la frase me dejó pensando. Y no porque crea que la programación asistida por inteligencia artificial sea una moda pasajera o algo a lo que debamos resistirnos. Todo lo contrario. Creo que estamos viviendo una transformación de la que difícilmente habrá vuelta atrás. Sin embargo, hay algo en esa frase que me produce una mezcla de nostalgia y cierta resistencia, una sensación difícil de explicar para quienes llevamos toda una vida echando código.
Seamos honestos. Escribir código “a pulmón” es una tarea tediosa. Podemos tener nuestros boilerplates, linters, IntelliSense, depuradores y todas esas herramientas que durante años nos han ayudado a trabajar mejor, pero resulta difícil competir con la velocidad de los agentes IA actuales. Y no se trata solamente de velocidad. La calidad del código que generan, cuando el problema está bien definido y el contexto es adecuado, puede ser bastante buena. Lo que antes nos llevaba horas o días ahora puede resolverse en una fracción de ese tiempo. Negar esa realidad sería engañarnos.
Además, hay algo que hace que este cambio sea prácticamente irreversible: las expectativas que hemos creado. Cuando descubres que puedes resolver en días algo que antes te tomaba tres o cuatro semanas, es difícil volver atrás. Y no me refiero únicamente a una decisión personal. ¿Cómo le explicas ahora a tu jefe o a tu cliente que una entrega volverá a tardar semanas porque has decidido dejar de usar inteligencia artificial? La productividad deja de ser una ventaja individual y se convierte rápidamente en una nueva expectativa colectiva.
Pero hay algo que no quiero perder en ese camino.
Para quienes aprendimos a programar hace décadas, el oficio tenía una dimensión que iba mucho más allá de producir software. Recuerdo mis primeras revistas de BASIC, esas en las que aparecían programas completos que uno tenía que copiar a mano, línea por línea, para hacerlos correr. Recuerdo mi primer libro de Pascal y las horas que pasé descubriendo aquel lenguaje. También recuerdo aprender Fortran 77 con un viejo libro de mi padre. No había agentes que escribieran el código por nosotros, ni asistentes que nos explicaran cada error. Había libros, documentación, curiosidad y muchas ganas de entender cómo funcionaban las cosas.
Aprender un lenguaje era una experiencia casi artesanal. No se trataba solamente de memorizar su sintaxis o aprender a utilizar sus estructuras de control. Era recorrer su documentación, descubrir sus posibilidades, entender las decisiones de diseño que lo hacían diferente de otros lenguajes y, de alguna manera, comprender la filosofía que había detrás. Cada lenguaje tenía su propia forma de plantear los problemas, y aprenderlo era también aprender a pensar de otra manera.
No creo que esa experiencia vaya a desaparecer por completo. Al menos, no entre nosotros, los últimos mohicanos del código. Quizás ya no tengamos que escribir manualmente cada función, cada clase o cada estructura de datos para cumplir con una entrega. Quizás tampoco tenga sentido hacerlo en muchos casos. Pero eso no significa que hayamos perdido las ganas de sentarnos frente a un lenguaje nuevo, leer su documentación y descubrir por nuestra cuenta qué lo hace especial.
Todavía quiero vivir esas experiencias. Quiero descubrir un lenguaje nuevo, explorar sus ideas y escribir código simplemente por el placer de hacerlo, sin que necesariamente exista una entrega, un cliente o una fecha límite detrás.
Quizás fuimos la última generación que tuvo que escribir código a mano. Pero espero que no seamos la última que encuentre placer en hacerlo.