Un momento Kodak
La IA democratiza la creación de software, mientras transforma el futuro de quienes vivimos de desarrollarlo.
Hubo una época en la que tomar una fotografía era una actividad reservada a quienes tenían los conocimientos y equipos necesarios. Kodak contribuyó a cambiar eso, poniendo una cámara en manos de millones de personas y convirtiendo la fotografía en una actividad cotidiana. Ya no necesitabas ser fotógrafo para capturar un recuerdo.
Recuerdo aquella idea publicitaria de Kodak de capturar esos momentos especiales, esos instantes que merecían conservarse para siempre. Creo que estamos viviendo uno de esos momentos, pero esta vez en la industria del software. Un momento Kodak
La inteligencia artificial y los agentes de código están haciendo algo que va mucho más allá de permitirnos programar más rápido. Están poniendo la capacidad de crear software al alcance de personas que hasta hace poco ni siquiera habrían considerado esa posibilidad.
Y así como tener una cámara no nos convirtió a todos en fotógrafos profesionales, poder crear una aplicación con IA tampoco nos convierte automáticamente en desarrolladores de software.
Pero eso no hace menos importante lo que está ocurriendo.
Personal Software: una vieja promesa que vuelve
Mi tío Alejo era un personaje bastante particular, un entusiasta de la computación y, en muchos sentidos, alguien adelantado a su época. Fue gracias a él que conocí el primer centro de cómputo y comenzó mi fascinación por aquellas máquinas.
No recuerdo exactamente cómo ocurrió, pero sí recuerdo la primera vez que pude sentarme frente a una computadora y escribir un sencillo programa en BASIC, un FOR I que mostraba mi nombre. Aquello fue suficiente para engancharme.

BASIC se convirtió en mi LEGO lógico. Cada instrucción era una pieza que podía combinar con otras para construir prácticamente cualquier cosa que imaginara. No tenía que esperar a que alguien desarrollara una aplicación para mí. Podía intentar construirla.
Esa sensación de autonomía era, en buena medida, parte de la promesa original de la computadora personal: poner en manos de las personas una herramienta que pudieran utilizar para resolver sus propios problemas.
Los procesadores de texto, las hojas de cálculo, las pequeñas bases de datos y lenguajes como BASIC acercaron esa posibilidad a millones de usuarios. No todos se convirtieron en programadores, pero muchos descubrieron que podían hacer cosas que antes dependían de especialistas.
Sin embargo, crear software siguió siendo una actividad con una barrera de entrada considerable. Aprender a programar requería tiempo, dedicación y conocimientos que no todo el mundo tenía interés o necesidad de adquirir.
Por eso, durante décadas nos acostumbramos a buscar aplicaciones que resolvieran nuestros problemas, aunque fuera parcialmente. Si una herramienta hacía el 70 % de lo que necesitábamos, aprendíamos a vivir sin el otro 30 %. O terminábamos adaptando nuestra manera de trabajar a las limitaciones del software disponible.
Ahora estamos ante la posibilidad de invertir esa relación.
Imagina poder crear una pequeña aplicación para organizar tus gastos exactamente como quieres, automatizar una tarea personal o administrar una colección sin tener que buscar entre decenas de servicios, pagar una suscripción o contratar a un desarrollador.
Software que no necesita miles de usuarios, inversionistas ni un modelo de negocio. Software cuyo único propósito es resolver un problema particular de quien lo utiliza.
Eso es lo que entiendo por Personal Software.
No es una idea nueva, pero la IA está haciendo posible llevarla a una escala que antes resultaba difícil de imaginar. Muchas personas podrán construir soluciones que jamás habrían justificado el costo de un desarrollo tradicional.
Y quizás ahí esté la transformación más importante: no estamos simplemente abaratando el software que ya construimos, estamos haciendo posible software que antes nunca habría existido.
¿Y qué pasa con los desarrolladores?
Aquí es donde la historia se vuelve incómoda.
La misma tecnología que está democratizando la creación de software también está transformando el mercado laboral de quienes nos dedicamos profesionalmente a desarrollarlo.
Por un lado, tendremos empresas y líderes que, después de leer algunos titulares y ver un par de demostraciones, concluirán que ya no necesitan desarrolladores porque la IA puede programar. Algunos descubrirán demasiado tarde que generar código y construir soluciones confiables no son exactamente lo mismo.
Por otro lado, habrá organizaciones que comprenderán mejor el alcance de estas herramientas y buscarán profesionales capaces de hacer mucho más que escribir código.
Porque si algo está cambiando rápidamente es el costo de producirlo. Una actividad que durante décadas consumió buena parte del tiempo y los recursos de un proyecto de software puede realizarse ahora, en muchos casos, en una fracción de ese tiempo.
Eso no significa que el conocimiento técnico haya perdido valor. Significa que el valor profesional ya no puede descansar únicamente sobre la capacidad de traducir instrucciones a un lenguaje de programación.
Entender qué problema merece ser resuelto, decidir qué no construir, diseñar sistemas confiables, coordinar agentes, evaluar resultados y asumir la responsabilidad cuando las cosas fallan son capacidades que cobran cada vez más importancia.
Es probable que veamos profesionales altamente especializados, capaces de producir resultados que antes requerían equipos completos. Profesionales muy demandados, posiblemente mejor remunerados, pero compitiendo por un número más limitado de posiciones.
Y aquí hay algo que debemos reconocer sin intentar suavizarlo: no todos los desarrolladores actuales encontrarán necesariamente un lugar en ese nuevo mercado.
Habrá empleos que desaparezcan, funciones que pierdan valor y profesionales que tendrán dificultades para adaptarse. También aparecerán nuevas oportunidades, pero no existe ninguna garantía de que sean suficientes para compensar las pérdidas.
La historia de las transformaciones tecnológicas no es una sucesión de finales felices para todos los involucrados. El progreso puede generar enormes beneficios colectivos y, al mismo tiempo, consecuencias muy difíciles para quienes ven desaparecer aquello a lo que dedicaron buena parte de sus vidas.
No sabemos todavía cómo terminará reorganizándose nuestra industria. Yo tampoco pretendo tener una visión completa de lo que viene. Pero me cuesta imaginar que una transformación de esta magnitud no vaya a modificar profundamente nuestra profesión.
Esta vez nos toca a nosotros
Hay algo particularmente curioso en la resistencia que estamos viendo entre los desarrolladores.
Durante décadas hemos construido herramientas que automatizaron tareas, transformaron industrias y desplazaron actividades que antes realizaban personas. Desde los procesadores de texto y las hojas de cálculo hasta los sistemas empresariales más complejos, buena parte de nuestro trabajo ha consistido precisamente en encontrar maneras de hacer las cosas más rápido, mejor o con menos recursos.
Ahora que una tecnología comienza a hacer lo mismo con nuestro trabajo, nos cuesta aceptar las consecuencias.
Y lo entiendo. No es sencillo ver cómo aquello que aprendiste durante años, que te dio una profesión y posiblemente una identidad, comienza a cambiar a una velocidad que apenas puedes seguir.
Pero una cosa es cuestionar las decisiones de las empresas, las exageraciones sobre las capacidades de la IA o las consecuencias laborales de esta transición, y otra muy distinta es pretender que el cambio debería detenerse porque ahora nos afecta directamente.
No creo que debamos celebrar ingenuamente todo lo que está ocurriendo. Tampoco creo que resistirnos vaya a devolvernos al mundo que conocíamos.
Prefiero mirar también lo que estamos ganando.
Hace muchos años, frente a una computadora, descubrí que unas cuantas instrucciones en BASIC podían convertirse en las piezas necesarias para construir algo que había imaginado. Aquella experiencia terminó definiendo buena parte de mi vida.
Hoy millones de personas están comenzando a descubrir algo parecido, sin necesidad de recorrer el mismo camino que recorrimos quienes aprendimos a programar.
Quizás dentro de unos años recordemos este momento no solamente como aquel en que las máquinas comenzaron a escribir código, sino como aquel en que muchas más personas comenzaron a crear su propio software.
Y eso, con todas sus oportunidades, incertidumbres y consecuencias, merece ser recordado.
Estamos viviendo un momento Kodak.