Una educación anterior
Mientras culpamos a la IA, las pantallas y las redes sociales, seguimos ignorando algo más incómodo: seguimos educando para un mundo que ya no existe.
Hay una exposición de Jared Cooney Horvath sobre Gen Z que me resulta particularmente interesante, aunque probablemente por una razón distinta a la que pretendía.
Horvath afirma que Gen Z es la primera generación moderna que estaría por debajo de las anteriores en prácticamente todas las medidas cognitivas: atención, memoria, alfabetización, competencia numérica, funciones ejecutivas e incluso IQ, a pesar de haber pasado más tiempo en la escuela. Entonces plantea una pregunta: ¿qué ocurrió alrededor de 2010 que desacopló la escolarización del desarrollo cognitivo?
Y después dice algo que pretende usar como argumento a su favor, pero que termina siendo la confesión del problema:
“It can’t be schools, schools basically look the same.”
¿Cómo que no pueden ser las escuelas? Ahí está precisamente el problema.
El mundo cambió. La escuela no.
El mundo alrededor de la escuela cambió radicalmente. Cambiaron las herramientas, la cantidad de información disponible, la forma de comunicarnos, de entretenernos y de trabajar.
Gen Z creció rodeada de smartphones, internet, videojuegos, redes sociales y una cantidad de información que ninguna generación anterior tuvo disponible de esa manera. El estudiante de hoy, además, tiene acceso a inteligencia artificial capaz de escribir, programar, analizar, traducir, dibujar y explorar ideas en segundos.
Pero la escuela sigue pareciéndose demasiado a la de hace décadas.
Entonces nos preguntamos qué le pasó a la nueva generación.
Es como si hubiéramos inventado el automóvil y, al descubrir que los jóvenes ya no saben montar a caballo como antes, hubiéramos decidido que el problema son los autos. Y, para complicarlo, siguiéramos enseñando como si el mundo todavía funcionara a caballo.
No dejamos de enseñar a montar porque los caballos fueran malos. Dejamos de considerarlo una habilidad fundamental porque el mundo cambió.
La escuela, en cambio, sigue formando jinetes.
Digitalizamos el aula, no la educación
Aquí está uno de los grandes fracasos del modelo educativo: hemos llevado la tecnología al aula, pero no necesariamente hemos aprendido a utilizarla para transformar el aprendizaje.
Una tablet puede terminar siendo simplemente un cuaderno más caro. Una computadora, una máquina para hacer presentaciones. Internet, una biblioteca para copiar información. Y ahora existe el riesgo de que la IA se convierta simplemente en una máquina para hacer tareas.
No estamos usando tecnología, solo la estamos consumiendo.
La pregunta importante no debería ser cuánto tiempo pasa un estudiante frente a una pantalla, sino qué está haciendo con ella.
No es lo mismo utilizar una computadora para copiar información que utilizarla para construir algo. No es lo mismo pedirle a una IA que escriba un ensayo que utilizarla para explorar hipótesis, cuestionar argumentos, encontrar errores, comparar alternativas o desarrollar una idea.
La tecnología debería ampliar nuestra capacidad de pensar, crear, aprender, innovar e imaginar.
Si solamente conseguimos que los estudiantes hagan más rápido lo mismo que hacían antes, no hemos entendido para qué sirve la tecnología.
Accesible, pero exigente
Mientras algunos culpan a la tecnología de que los jóvenes piensen menos, también aparecen tendencias educativas que pretenden hacer la educación más “accesible” reduciendo aquello que nos obliga a pensar y aprender: menos exámenes, menos evaluación, menos materias difíciles y menos exigencia para evitar frustraciones.
Eso no contradice a Horvath. La escuela puede seguir pareciéndose a la de hace décadas en su forma y, al mismo tiempo, haber reducido lo que espera de un estudiante.
Entiendo la intención. No todos aprenden al mismo ritmo y existen barreras que debemos eliminar. Pero hacer la educación más accesible no debería significar hacerla menos exigente.
Las matemáticas siguen siendo difíciles. Escribir bien sigue siendo difícil. Aprender a argumentar, resolver problemas y entender algo complejo sigue siendo difícil.
Que algo sea difícil no significa que debamos eliminarlo.
Podemos eliminar barreras sin eliminar el desafío. Podemos cambiar la forma de enseñar sin reducir la exigencia.
Los estudiantes no necesitan que esperemos menos de ellos. Necesitan mejores herramientas para alcanzar expectativas más altas.
La IA puede subir la exigencia
Por eso me resulta especialmente absurda la reacción ante la inteligencia artificial.
Si una IA puede escribir un ensayo en segundos, quizás escribir un ensayo ya no debería ser el objetivo. Podemos pedirle al estudiante que cuestione lo que produjo la IA, encuentre sus errores, contraste sus fuentes, defienda una posición, construya una alternativa o explique por qué una respuesta es mejor que otra.
La herramienta no tiene por qué reducir la exigencia. Puede permitirnos aumentarla.
Cuando la ejecución se vuelve abundante, la claridad se vuelve escasa. Y cuando producir texto, código, imágenes o información deja de ser especialmente difícil, adquieren más valor las capacidades que una máquina no puede decidir por nosotros: qué problema vale la pena resolver, qué pregunta debemos hacer, qué respuesta tiene sentido y qué queremos construir.
Ese debería ser el objetivo de la tecnología en la educación: no sustituir el pensamiento, sino darle más alcance.
El problema no son los autos
Quizás el problema no sea que esta generación haya crecido rodeada de demasiada tecnología.
Quizás el problema sea que seguimos educándola como si esa tecnología no existiera.
Y ahí es donde la frase de Horvath vuelve a cobrar sentido:
“Schools basically look the same.”
Exactamente.
No necesitamos volver a una educación anterior para recuperar lo que perdimos. Necesitamos una educación capaz de responder al mundo que tenemos.
Porque nuestros estudiantes no necesitan aprender a hacer las cosas como las hacíamos nosotros antes de que existieran estas herramientas.
Necesitan aprender a hacer cosas que todavía no sabemos imaginar.
Y sí, el título es un guiño a Sentimiento Muerto. Esa exigencia no es nueva: que los jóvenes hagan algo.
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